Yo, sobrepasado por situaciones que no dependen de mí.
Yo, sobrepasado por situaciones que sí dependen de mí.
Yo, creando situaciones de donde no las hay para que después me sobrepasen.
Yo, ninguneado hasta el extremo durante 20 años por quienes se creen alguien.
Yo, ninguneado también por la gente normal.
Yo, ninguneado por mí mismo.
Yo, subestimado.
Yo, encajando siempre golpes.
Yo, fuera de lugar.
Yo, payaso.
Yo, bufón.
Yo, avergonzado.
Yo, arrepentido.
Yo, avergonzado de estar arrepentido.
Yo, seco por fuera pero con ríos por dentro.
Yo, incapaz de hacer lo que se debe hacer.
Yo, sin término medio.
Yo, acomplejado.
Yo, haciendo el ridículo.
Yo, que si tuviera delante a mí mismo cuando tenía 12 años me daría de hostias hasta dejarme inconsciente, a ver si así espabilaba.
Yo, que a lo mejor ahora también me daría de hostias.
Yo, incapaz de cambiar a mejor.
Yo, incapaz de disfrutar con nada.
Yo, incomprendido.
Yo, mirando siempre hacia arriba pese a ser más alto que los demás.
Yo, fracasando una y otra vez.
Yo, sin darme cuenta de nada.
Yo, esclavo de la ansiedad.
Yo, sin ilusión.
Yo, recibiendo siempre más reproches que elogios.
Yo, mereciendo siempre más reproches que elogios.
Yo, haciendo autocrítica a menudo sin que sirva para nada.
Yo, envuelto en una espiral de la que no sé salir.
Yo, dolorido al correr.
Yo, dolorido al andar.
Yo, dolorido al ver.
Yo, dolorido al respirar.
Yo, sin remedio. Aunque por suerte haya quien todavía piense que no es así.
"Se designa con esa palabra la facultad de creer que lo negro es blanco, más aún, de saber que lo negro es blanco y olvidar que alguna es se creyó lo contrario. Esto exige una continua alteración del pasado, posible gracias al sistema de pensamiento que abarca a todo lo demás y que se conoce con el nombre de doblepensar. […] Doblepensar significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones contradictorias albergadas a la vez en la mente".
domingo, 9 de diciembre de 2012
lunes, 26 de noviembre de 2012
Darse cuenta
Decir la frase "no hay peor sensación que..." siempre me ha parecido una osadía, ya que hay un montón de sensaciones horribles y las que para unos son muy malas para otros no lo son tanto.
Es una sensación terrible la de sentir que se está perdiendo el tiempo. El tiempo, que no perdona y avanza incansable hasta un lugar que no conoce nadie. Y es que no todo se reduce al éxito o fracaso al escalar la montaña. No. Uno necesita que cuando se sienta a descansar para continuar al día siguiente el tiempo no pase sin más, porque hay pocas cosas más tristes que una vida sin más alicientes que escalar una maldita montaña.
Quizá el error fue no preocuparse a tiempo por escoger los compañeros de viaje adecuados, quizá el error fue dejar escapar a demasiados buenos compañeros de viaje, quizá el error fue no hablar nunca claro para intentar no caer rodando montaña abajo. Pero ahora ya no hay marcha atrás, se ha escalado tanto que solo se puede seguir adelante, aún a riesgo de que más tarde la caída sea mayor.
Nada como la incomprensión para darse cuenta de lo solos que estamos en nuestra lucha contra el tiempo. Una incompremsión que te hace asistir impotente a ver cientas de oportunidades de hacer algo memorable pasar de largo. Una incomprensión que encoge tu visión de las cosas que haces al simple "espero que esto no moleste a nadie". Porque alguna vez, aunque solo fuera alguna vez, no estaría mal poder hacer lo que a uno le diera la gana sin tener que preocuparse porque todo no se desmorone.
Pero eso ya acabó hace tiempo y uno tiene la sensación de que le han estafado, que esto no es como nos lo habían vendido.
sábado, 18 de agosto de 2012
Londres 2012
Hace unos días que acabaron los
Juegos Olímpicos de 2012. Los Juegos Olímpicos de Londres, ya que en su momento
se decidió que debían ser celebrados allí por tercera vez en vez de dejar a
Madrid estrenarse en la organización de unos Juegos. Pero bueno, más justo o
menos justo, no pudo ser. Sobre como apestan a sobornos, conveniencias y demás
las elecciones de las ciudades organizadoras de estos eventos se podrían
escribir muchas líneas sin conseguir nada más que cabrearse sin sentido, ya
que, como tantas otras cosas, eso no depende de la gente común, eso es cosa de
quienes mandan. La clave de la sociedad en que vivimos es que quienes manejan
el mundo consiguen que la gente piense que tiene voz y voto cuando sin embargo
no importa una mierda. Algunos se van dando cuenta, pero la mayoría no, aunque
todo llegará.
Pero bueno, no me quiero desviar,
hablaba de los Juegos Olímpicos. Como la mayoría de las cosas, me han hecho
reflexionar. Los primeros días me gustaba imaginarme cómo habrían sido de haber
sido Madrid la elegida como sede. Me gustaba imaginarme como el voluntario que
habría sido, me gustaba imaginarme que por una vez éramos el centro de atención
por algo bueno, no por los mediocres políticos que llevan años gobernándonos,
ni por la prima de riesgo, ni la crisis… Habría estado bien, aunque no habría
hecho desaparecer ninguno de esos problemas que nos llevan lentamente al
desastre. Pero mi reflexión más profunda es que los Juegos Olímpicos son el
único evento que hermana (al menos de puertas para afuera, lo que se enseña en
televisión) a las diferentes culturas y países del mundo. Durante la ceremonia
de clausura, mientras veía a atletas de los países participantes mezclados,
saltando y vibrando juntos con la música británica, me paré a pensar en alguna
otra ocasión en la que se vea algo así, y no la encontré. Sólo vemos a
representantes de los diferentes países del mundo reunidos cuando se trata de
cuestiones políticas, estrechándose las manos protocolariamente embutidos en
sus impolutos trajes. Existen mundiales de fútbol, baloncesto y otros muchos
deportes que también congregan a gran diversidad de gente, pero no deja de ser
lo mismo: deporte. Y es que el deporte, por mucho que algunos (muchos) digan
que no es más que el opio del pueblo, tiene una labor social que ahora mismo
ninguna otra actividad posee. Aún así, siempre hay quién se aprovecha de esto
para usarlo verdaderamente como opio para un pueblo que debe aprender a no
dejarse engañar. Porque sí, se puede estar pendiente del deporte y puede uno enterarse
de lo que pasa en el mundo e inquietarse por ello al mismo tiempo.
Mi última reflexión es que como humanos que somos, nos
empeñamos en degenerar y corromper las grandes cosas que nosotros mismos hemos
ideado. Los Juegos Olímpicos son algo especial, es algo que, como he dicho
antes, une culturas aunque sólo sea durante apenas dos semanas. Cada récord del
mundo establece un nuevo límite para el hombre, siempre empeñado en descubrir
hasta dónde puede llegar. Y eso es algo bueno. Pero lo corrompen, lo corrompen
los intereses políticos, lo corrompen las multinacionales. En definitiva, lo
corrompe el dinero. ¿Para qué ese dispendio de medios en las ceremonias de
apertura y clausura? ¿Para qué tanta luz, para qué tanto bombo? No he buscado
las cifras de dinero que se han gastado en todas las cosas que no son
necesarias para la organización de unos Juegos porque no he querido deprimirme.
Porque estoy seguro de que lo haría. Y porque me hierve la sangre cada vez que veo
esas cosas. Pero al fin y al cabo, ¿qué más da que las conciencias de algunos
ciudadanos no estén tranquilas viendo como preferimos un desfile a enviar
comida a quien no la tiene? Si los del traje y la corbata tienen las
conciencias tranquilas y se llenan los bolsillos, nada más importa.
¿Qué pensarían los atletas
africanos al ver en las gradas del estadio a un niño gordo que tira media
hamburguesa a la basura porque no le apetece más?
Los Juegos Olímpicos son una
fiesta, algo que deberíamos esforzarnos en preservar lo más posible, incluso no
vería mal incrementar la frecuencia con la que son celebrados. Pero una
celebración más austera haría de ellos algo aún más especial.
El momento que más me emocionó de
los Juegos Olímpicos no fue ninguna medalla ni ningún récord, no fue Phelps, no
fue Bolt, no fue Farah, ni ningún español logrando alguna medalla. Fue cuando
dos keniatas y un ugandés se subieron al podio a recibir sus medallas logradas
en la prueba del maratón, en plena ceremonia de clausura, ante los ojos de todo
el mundo, y el himno de Uganda, y no el estadounidense, ni el chino, ni el
francés, ni el de ningún país desarrollado, retumbó en el estadio y en cada
casa de cada país. Ver su emoción al recibir sus medallas, verles no saber cómo colocárselas para que les
sacasen la foto de rigor, ver la emoción del ugandés al tararear su himno.
Imaginar de dónde vienen, y darse cuenta de que pese a lo injusto que es el
mundo, la suerte sonríe algunos que no contaban con ello, y que no tenían
ninguna facilidad para lograr enseñar al mundo entero que son los mejores en
algo.
domingo, 8 de julio de 2012
Ardiendo
Hay muchas formas de fracasar. Es difícil acostumbrarse al
fracaso, sobre todo cuando uno es exigente consigo mismo. En los últimos dos
años, la palabra fracaso ha estado presente en mi cabeza sin abandonarla casi
en ningún momento, imborrable. Al principio era un fracaso asumible, al fin y
al cabo tampoco hacía todo lo que debía hacer por evitarlo, así que era normal.
Pero el fracaso pesa mucho, llega un momento en el que da igual que los demás
también fracasen, un momento en el que la confianza en lo que haces se
desvanece, un momento en el que empiezas a preguntarte si lo que estás
intentando tiene algún sentido. Y en ese momento, renací. Conseguí lo que nunca
antes había conseguido, conseguí encontrar el modo de que el fracaso
desapareciese, o apareciese menos. Conseguí salir a flote, asomar la cabeza. De
repente me sentí con fuerzas para, definitivamente, acabar con el fracaso de
una vez por todas, vencer esta lucha moral conmigo mismo y demostrar a quienes
me subestiman (incluido yo mismo) que se equivocan, me sentí con posibilidades
reales de lograrlo, pensé que lo conseguiría. Visualizaba el éxito en mi mente.
Pero no, justo cuando asomaba la cabeza, cuando lo rozaba
con la punta de los dedos, un martillo me hizo caer de nuevo en los brazos del
fracaso. Era posible, estuvo cerca, pero el fracaso ha sido muy doloroso esta
vez. Porque esta vez sí que había hecho lo que debía hacer, porque por primera
vez me sentía capaz de hacerlo, interiormente estaba convencido de que lo
lograría. Porque había dedicado mucho esfuerzo para lograrlo. Y no ha sido así,
y lo peor es que no entiendo por qué. Mi parte débil me repite que no es justo,
pero hace tiempo que me impongo el pensamiento de que si las cosas buenas que
me pasan no las considero injustas, no debo hacerlo tampoco con las malas. Si
he fracasado ha sido porque algo he hecho mal, pero ya no sé qué hacer. Ya no
sé a qué agarrarme, si cada vez que asomo la cabeza me van a dar un martillazo,
quizá sea mejor no volverla a asomar, no volver a creer en mis posibilidades.
Pero no, no es mi estilo.
Yo siempre fui pesimista, siempre intenté protegerme de los
chascos y las desilusiones. Por una vez he decidido no hacerlo y el golpe ha
sido mortal para mi autoestima. No se volverá a repetir. Ahora el futuro se
presenta incierto, no creo en nada de lo que hago y no sé qué pasos dar. Quizá
sea este, por fin, el punto de inflexión, quizá a partir de ahora logre
quitarme las cadenas del fracaso. Vi la luz una vez, la rocé con mis dedos. Sé
que existe, que no está tan lejos de mi alcance, sólo hay que confiar en que la
próxima vez que asome la cabeza, me dé tiempo a sacar un brazo y agarrarme a
algo antes de que me den el martillazo, que me lo darán. Porque siempre me lo
dan. Hay gente propensa a que le tiendan la mano y gente propensa a que le den
martillazos. Hace tiempo que sé que soy de los segundos, y nunca me incomodó
esa idea. Me gusta, pero llevo mucho tiempo ardiendo y no sé si al final voy a
conseguir no quemarme.
sábado, 7 de julio de 2012
¿Quién manda?
La vida como una lucha contra el tiempo. El tiempo,
implacable contrincante. Segundo a segundo consume todo, desde nuestras
esperanzas hasta nuestra propia vida. A veces pasa deprisa, otras despacio.
Suele gustarnos más que pase deprisa, porque implica que estamos disfrutando,
pero no nos gusta su velocidad, porque cuanto más deprisa va, más deprisa vamos
nosotros hacia nuestro fin, o hacia la vejez, que casi nos aterra más. Todos
(unos más que otros) tenemos un momento de vez en cuando en el que pensamos lo rápido
que pasa el tiempo, dónde estábamos hace uno, cinco o diez años y como han
pasado tantas cosas “sin darnos cuenta.” Pero todos sabemos en el fondo que no
ha pasado rápido, que el tiempo no pasa rápido ni lento, simplemente pasa,
siempre al mismo ritmo, que se nos antoja rápido, y no nos gusta. Nos agobia el
tiempo, y somos sus presos. Es una lucha desigual, el tiempo se mantiene
intacto mientras nos va consumiendo poco a poco, y así es como se llega a la
conclusión de que es imposible vencer al tiempo.
Plantear la vida como una
lucha contra él es una forma de condenarse a la derrota constante, pero… ¿cómo
hay que plantear la vida? Yo creo que no hay que plantearla, que simplemente
hay que asumir nuestra esclavitud. Seríamos esclavos del tiempo también sin
relojes, pero los inventamos para recordarnos quién maneja nuestra vida.
También somos esclavos del dinero, pero eso sólo es culpa nuestra. Sin embargo,
tenemos suerte de ser esclavos también de nuestras emociones, que es el único
de nuestros dueños al que podemos controlar.
Aprender a ser indiferente ante las cosas que nos causen emociones
desagradables y aprender a disfrutar de las sensaciones agradables es lo único
que depende de nosotros, de lo demás… Será el tiempo quien se encargue de lo
demás.
lunes, 14 de mayo de 2012
¿Smart? ¿Phones?
"Smartphones", una palabra que cada día se escucha más, y que hace poco años ni la conocíamos. Han entrado en la vida cotidiana de millones de personas y, como tantas otras cosas, han venido para quedarse. El smartphone lo tiene (casi) todo aunque sea de gama baja: cámara, 3G, Wifi, Bluetooth, GPS, radio, Whatsapp, grabadora, juegos (todos altamente adictivos), aplicaciones de todo tipo, mensajería.... Y teléfono. Los móviles han pasado de "ser" teléfono a "tener" teléfono.
Hace 6 meses perdí mi anterior móvil, un Nokia que ni siquiera tenía pantalla táctil, un móvil a prueba de bombas, al que la batería le duraba una semana o más y con el que yo era feliz. No necesitaba otra cosa: llamar y escribir mensajes. Aún así, si digo que los smartphones no me llamaban la atención, estaría mintiendo. Son útiles, las cosas como son. Internet se ha convertido en una necesidad (hay que admitirlo) y tener la posibilidad de acceder a él desde cualquier sitio es un lujo. Pero yo no quería (mejor dicho, no ansiaba) tener uno. Llegó el momento de elegir móvil nuevo y tenía tres opciones: gastar 80 € en un móvil del estilo del que tenía, gastar 110 € en un smartphone de gama baja o la favotrita de la sociedad, gastarme una pasta en un Samsung Galaxy o un HTC del copón o un iPhone. Elegí la segunda opción, haber elegido la primera más que una cuestión de principios habría sido una gilipollez.
Lo cierto es que entiendo a la gente que está enganchada al móvil, tener mensajería instantánea gratis, poder escribir un tweet en cualquier momento, poder leer el periódico por Internet en cualquier sitio... En fin, suficientes alicientes como para no estar de brazos cruzados en un tren, en un banco o incluso en una clase. Para poder hacer estas cosas, evidentemente, se necesita acceso a Internet, sin él no se aprovechan las ventajas de un smartphone. Y en esa situación estoy yo, no tengo tarifa de datos, ni la quiero tener. En la universidad y en mi casa me puedo conectar mediante el Wifi, ¿para qué quiero más? Puedo vivir sin Internet en el tren (aunque si lo hubiese, probablemente lo usaría), y puedo vivir sin ir por la calle con la cabeza agachada mirando el móvil. El móvil (como teléfono) se ha convertido en una necesidad, si estoy fuera de casa y me quedo sin saldo o sin batería (o lo más terrible, sin las dos cosas) me siento inseguro. No quiero que me pase lo mismo con esto, y estoy seguro de que a mucha gente le pasa ya, aunque no lo reconozcan.
A nivel comercial lo que interesa no es que la gente tenga un smartphone, el smartphone no es más que una manera de que las tarifas telefónicas crezcan, que los que antes gastaban 15-20 euros al mes en teléfono ahora gasten 30-40. No considero que yo, siendo de tarjeta de prepago, al haberme comprado uno de los peores smartphones del mercado haya caído en la trampa. Mi conciencia está bastante tranquila en ese sentido.
¿Inteligentes? Sí, pero no es el móvil el inteligente sino el que ideó la manera de sacarle provecho (siempre sinónimo de dinero en los tiempos que corren).
Los SMS y las llamadas (tal y como las concebíamos hace unos años) están destinados a una muerte lenta (menos lenta en el caso de los SMS, que están agonizando), ¡quién lo iba a decir! ¿Por qué el telégrafo (texto) perdió la batalla contra el teléfono (voz) y ahora es la voz la que está perdiendo contra el texto? El ser humano es así, eterno insatisfecho, pendular, es tan simple como eso. De aquí a unos años estaremos hablando del proceso contrario, es nuestra naturaleza.
En definitiva, desearía no haber perdido mi anterior móvil y tenerlo todavía, pero si lo volviese a perder, volvería a comprarme este mismo.
Y digo "este mismo" porque esto lo estoy escribiendo en la estación, hoy 12 de mayo, mientras espero al tren, con la aplicación de Blogger (por eso digo que es útil este cacharro), pero no podré publicarlo hasta que no llegue a casa, o mañana, o cuando sea, y me da igual, y así quiero que siga siendo hasta que llegue el día (que llegará) en que la comunicación sea casi imposible sin Internet en el móvil. Hasta entonces, seguiré así. Cuestión de principios.
domingo, 1 de abril de 2012
Sin paracaídas
Hay que tomar una decisión. Respirar profundo da igual, esa ansiedad repentina ha venido para quedarse. Momento de decidir, sin saber si es lo correcto, tu futuro. Momento de abrirse unas puertas y cerrarse otras. Imposible hacer algo con el convencimiento de que saldrá bien. Inevitable arrepentitse después en algún momento, sea cual sea la decisión que se tome.
Pero sin esto la vida no sería lo que es. Son las decisiones las que nos mantienen alerta, el ser humano es adicto a la incertidumbre. Necesitamos tirarnos al vacío sin paracaídas de vez en cuando, aunque nos cueste.
Pero sin esto la vida no sería lo que es. Son las decisiones las que nos mantienen alerta, el ser humano es adicto a la incertidumbre. Necesitamos tirarnos al vacío sin paracaídas de vez en cuando, aunque nos cueste.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)