jueves, 8 de diciembre de 2011

Percepciones

¿La realidad es una? Buena pregunta. Todos tenemos nuestra propia realidad pero quizá sólo sean opiniones acerca de una realidad única y verdadera, o no. Soy daltónico, poco pero lo suficiente para confundir de vez en cuando el marrón con el verde o con el rojo, o el azul con el morado. Si yo una mesa la veo marrón, mi realidad es que es marrón, aunque sea verde. O aunque la mayoría de la gente la vea verde, mejor dicho. Porque... ¿se puede afirmar que ES verde? Habrá animales que la vean en blanco y negro, o roja, habrá hasta quién no la vea. Y de las personas no daltónicas no todas verán el mismo tono de verde. De hecho está demostrado que la mayoría de las personas ven los colores más claros con un ojo que con el otro.



Mi conclusión es que no hay dos realidades iguales y mucho menos una realidad absoluta. Incluso me atrevo a decir que ni siquiera nosotros, ni lo que vemos o sentimos tenemos por qué ser reales. Y si no hay dos realidades iguales con algo tan objetivo como los colores, ¿cómo las va a haber con el pensamiento? ¿cómo puede alguien estar seguro de que lo que piensa es verdad? Pues así es el ser humano. La mayoría, y me incluyo, pensamos que nuestra realidad es la absoluta y que todos deben ver las cosas como nosotros lo hacemos, intentamos imponer nuestra realidad y nuestro criterio, y eso nos hace débiles.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Advertencia sanitaria

Preguntarse demasiadas veces qué estás haciendo con tu vida puede ser muy perjudicial para tu autoestima.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Restart

Tal día como hoy puedo decir que mi último intento de motivación ha sido un fracaso. No es que no me lo esperase, pero por un momento tuve la sensación de que esta vez saldría bien. Buscar razones no sería difícil, porque no son pocas. Ya me di cuenta hace tiempo de que el orgullo, que de tantos problemas me había sacado antes, no iba a ser suficiente esta vez, y así es. Ya me da igual que me piquen, me da igual que disfruten cuando me ven caer y me da igual lo que piensen o digan sobre cómo hago o dejo de hacer las cosas, no me motiva.
 Me gusta que me subestimen, siempre me gustó, porque cuando llega el éxito disfruto el doble imaginándome que piensan los que no habrían apostado una mierda porque lo consiguiese. Prefiero que me subestimen a que me sobreestimen, al contrario que a la mayoría de la gente. Sí, esa gente que no hace más que ensalzarse e intentar crear a su alrededor un corro de admiración popular. Pero para que el hecho de que (casi) todo el mundo te subestime no te afecte, tienes que tener dentro una fuerza que te lleve a seguir intentando darles en todos los morros. En definitiva, no te tienes que subestimar a ti mismo más de la cuenta, y eso es lo que está fallando. Cuando los éxitos no llegan y cada intento de motivación fracasa, es normal que esa fuerza desaparezca pero aún así, no sé  qué coño es pero hay algo. Algo que me dice que lo tengo que volver a intentar. Y así lo haré, marchando otro intento de motivación. Otro intento de encontrar la forma de sentir que lo que hago vale para algo y sentirme a gusto con algo que tenga algo que ver conmigo. Vuelta a empezar. Porque como dije hace poco aquí, mi autoestima arde lentamente, pero por alguna extraña razón no se ha consumido entera todavía.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Ya ves

Hay expresiones que están creadas para ir solas como “¡Hay que joderse!” (mi favorita, por cierto), “¡Madre mía!”, “¡Caramba!” y mil más que no se me ocurren. Sin embargo hay otras que esperan una respuesta por parte de la persona con la que se está, es cómo si quedasen huérfanas sin esa contestación que no deja de ser otra expresión vacía en contenido. Es el caso de “¡Qué cosas!”. No creo que haga falta aclarar que su complemento es “¡Ya ves!”. Y es curioso, porque si cuando tú reaccionas ante algo increíble con la expresión ”¡Qué cosas!”, esperas que inmediatamente el que está a tu lado responda “¡Ya ves!”. Normalmente, aunque sea de forma inconsciente, lo hace; pero si no lo hace es cómo una “falta de respeto”, como si ni siquiera te estuviese escuchando, la conversación pierde sentido en ese momento, se pierde en esa expresión inacabada, huérfana de su complemento y la persona no correspondida se queda sin ganas de seguir hablando. Es sorprendente cómo una cosa tan absurda como ésta se da una y otra vez sin que nos demos cuenta. Siempre que alguien diga “¡Qué cosas!” contestaremos de la misma forma, casi como robots…

lunes, 24 de octubre de 2011

sábado, 15 de octubre de 2011

El miedo global

En los baños de mi universidad hay unos carteles con poesías y textos varios, justo encima de los urinarios, para leerlos mientras meas. Este me gustó:


El miedo global

Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo a caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.
La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir.
Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas, las armas tienen miedo a la falta de guerras.
Es el tiempo del miedo.
Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones, miedo a la policía.
Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y al día sin pastillas para despertar.
Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo a morir, miedo a vivir.

EDUARDO GALEANO